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#Columna – EL DESTIERRO Y LA MASACRE

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Por: Giovanni Sánchez

Transcurría un día normal en la vereda, “Don José” y “Analías del Campo” ejercían sus actividades, el primero laboraba en su trapiche, mientras que el segundo lo hacía en su cultivo de frijol. Con 30 años de experiencia -cada uno en las labores del campo-, “los compadres” como eran conocidos debido a su sincera y leal amistad, tenían una estabilidad económica con la cual podían, aparte de sostener a sus familias, pagar trabajadores, realizarles mantenimiento a sus máquinas, comprar químicos, y cubrir con los gastos del transporte para que sus productos fueran comercializados en la galería Bolívar de Popayán.

Todo estaba planeado para una nueva comercialización, “Don José” vendería el 60% de sus panelas hechas con melado de caña de azúcar a un comerciante de la galería y, Analías haría lo propio con los graneros de la plaza de mercado. Los camioneros llegarían con sus vehículos y sus ayudantes a la 1:30 am para emprender la odisea, un viaje de 37 km, en los que los duchos del manubrio tenían que lidiar con una carretera en malas condiciones – destapada y estrecha-. La lluvia sin cesar, daba para pensar en un posible derrumbe de una parte del Macizo Colombiano, un problema adicional a los retenes y las requisas del Ejército Nacional. Para ese fin de semana se vendería casi todo el producto, pues como es costumbre en nuestro país, los fines de semana son los días que más generan ganancias para quienes viven de las ventas en las plazas de mercado.

Siendo las 3:00 pm, la jornada laboral de estos agricultores sin título y carrera universitaria, estaba llegando a su fin. Analías y “Don José” daban las últimas indicaciones a sus trabajadores para irse a descansar, “nos vemos mañana”, decían ambos reflejando en sus rostros positivismo y actitud. Hasta que ese positivismo se convirtió en desasosiego y temor, al ver llegar un grupo de personas con botas pantaneras, armas de largo alcance, pasamontañas y pañoletas que hacían difícil reconocer un rostro. Eran como 40 regados por el cultivo y el trapiche.

“Muy buenas tardes” – les dice quien al parecer era el líder del grupo-, venimos por una cuotica, ustedes saben… Po aquí todos tenemos derecho a trabajar, y nuestro trabajo consiste en luchar contra el sistema y la delincuencia, pero para eso necesitamos que todos los vecinos de la zona nos colaboren semanalmente con una ‘platica’. Ustedes saben… eso o la vida”. Y así, de ‘platica’ en ‘platica´, de vacuna en vacuna; “Don José” y Analías fueron experimentando un bache en sus labores. Ya no era lo mismo, la zona se había convertido en un campo de guerra en donde una pared o los mismos costales de frijol servían para protegerse de las balas, mientras las cifras de masacrados crecía, la tierra se convertía en tierra árida y sus polvorientas calles en campos santos.

Cansado y atemorizado por la situación, Analías le pide a “Don José” mudarse a la ciudad blanca. Pero su compadre Chepe decide no acceder a la petición, debido a que en la vereda lo tenia todo, su casa, su familia y lo poco que le quedaba de su trapiche. Y sí, lo poco porque el grupo al margen de la ley le quemó una parte por atrasarse con una cuota. Con el dolor en el alma, Analías decide coger sus tres trapos, su machete, sus botas, su mujer y su hijo, y marcharse a Popayán con el poco dinero que le quedaba, era como comenzar otra vida, pero sin nada material, y peor, sin una familia que lo pudiera acoger en dicha ciudad.

Días oscuros vivieron Analías y su familia, en los que el frío, el hambre, y las humillaciones los hacían recordar su pasado y dudar de su futuro. Hasta que un día, de tanto pedir ´cacao´ de puesto en puesto y de granero en granero, le llegó una oportunidad para generar algo de dinero. El trabajo era bulteando: cargar y descargar los camiones, algo por lo que en otrora pagaba a sus trabajadores.

Después de haber ingerido el desayuno trancado que le preparaba Raquel, Analías llega a la plaza de mercado con la disposición de siempre para buscar lo del sustento de su hogar. Cuando a eso de las 3:15 am, el chofer del camión prende la radio y el locutor anuncia una masacre en la vereda en donde residían Analías y “ Don José”; se hablaban de muchas víctimas, entre esas, se referían a un señor de 45 años que desempeñaba sus labores en un trapiche. Ahí, el dolor invadió por completo a Analías, no tenía datos exactos pero su pálpito y lo del trapiche, le decían que era su Compadre José. Se preguntaba el porque la terquedad de José, se preguntaba si hubiese sido mejor ser despojado de sus tierras, convertirse en un desplazado más, pero conservar la vida y la de su familia. En ese momento Analías entendió que vivir en una zona rural del país en sinónimo de peligro, violencia, destierro, limosna, precariedad y desamparo.