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#Columna – ¿QUIERES HACER EL FAVOR DE CALLARTE, POR FAVOR?

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“Lorena Arana Valencia”, el nombre que figuró durante cinco años en la lista de aspirantes al taller ‘Écheme el cuento’ de la Casa de la Lectura de Cali. Treinta y tantos años, cédula tal, celular tal, periodista. “¿Cómo convencer al profesor Alberto de que quiero escribir cuentos?”, era la pregunta; mas él siempre se lo olía, me descubría. Seguro entreveía mis dudas porque, al final, decía: “No, no entraste” y se repetía la historia.

Pasaron muchas cosas antes de que mi empecinamiento diera fruto. Entre tantas, una; por cierto, la más importante: Me enamoré. No en la calle, ni en la parada del bus o en una discoteca. Me tenía que tragar, leyendo, del bendito y maravilloso género del cuento.

Cuando lo hice, no hubo vuelta atrás. El cupo fue mío desde el mismo instante en que tomé un avión rumbo a un máster de escritura, en el cual se abrió ante mí y se desmenuzó de tal forma que ya no me pude resistir. Entonces, conocí al otro Miller, Lorrie Moore me enseñó a ser la otra mujer, le cogí un poco de miedo a los almohadones de plumas… Y empecé a escribir. Es que ya lo conocía, ya había hecho cuentos; pero no sentía esa pasión con la que viajé de vuelta a Colombia y cursé un taller de diez meses que acabó justo el sábado y que me sirvió de refugio en tiempos de paro, de pandemia, de mi madre diagnosticada con Párkinson y yo con glaucoma. Solo él y yo, el cuento, la historia, el relato.

Ahora sé, por ejemplo, qué se siente que a uno lo muerda una serpiente, según Horacio Quiroga. Conozco al escribiente más conchudo del mundo, a una pareja mañosa en el apartamento del frente; a mi querido Akaki Akákievich, que me envolvió en la simplicidad de su capote y de su vida patética, fanática… Tierna.

Quizá, las veces anteriores, durante la entrevista, el maestro Alberto solo había percibido mi ansiedad. No obstante, ahora venía decidida, como dirían en España, “a por ello”. Y en eso se convirtió, para mí, el taller Écheme el cuento: En un rincón ficticio en medio de la cotidianidad; un hoyo negro, ausente de lo normal. O mejor dicho, de lo inusual de estos tiempos.

Aprendimos sobre tonos, narradores, tiempo; diálogos inútiles, no como los de la vida real. Stephen King habló de agentes literarios, de que las cosas no son hechas, sino que se hacen; de evitar los gerundios y concluyó: “Si no te diviertes, no vale la pena”.

Tanto que agradecerle a esa lista de seleccionados en la que aparecí por allá, en febrero. Ojalá quien lea esto corra con la misma suerte el año entrante; si es, como diría el profe, un “condenado a escribir”.

Es que cada cuento es un mundo y en el taller se evidencia. Los hay de muchos tipos: Largos, cortos, densos livianos… Mas siempre sorprenden. Ahí está el poder, así no pase nada. Solo por aquella habilidad que tienen para estimular la mente, que es lo más delicioso.

Sin embargo, lo cierto es que el cuento no es más que un puñado de letras porque todo pasa en nuestra mente. Ese el toque. ¿Y qué nos deja? La satisfacción de viajar, de conocer historias y pensar que nadie más, que son solo nuestras.

Los cuentos nos mienten, nos hacen creer historias, ¡aun sabiendo que son falsas! Revuelven la memoria para, después, tener que extraerlos de a poquitos y analizar si eso en verdad pasó, nos pasó o fue solo un cuento.

Hacen pensar de más, encontrar partes de ellos en la realidad. Son buena compañía. Combinan con café, con la fila del banco, con la sala de espera. Desconocen el aburrimiento. Son más lentos que el cine; como ver una película en el cerebro, con el departamento de arte a merced nuestra. Somos la producción y sin embargo, nos dirige un extraño, un desconocido, un muerto.

Somos el hombre, la especie cuentista; desde la mitología, hasta los microcuentos en Instagram, pasando por los mitómanos.

Écheme el cuento. Cuéntemelo, señor Poe, ¿quién mató a Marie Roget? Pero miento. No me cuente porque me asesina el suspenso. ¿Y la fiebre de Carlyle, Mr. Carver? ¿Ya no necesita una niñera?

“¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”.

Cuentos van, como trincheras. Son escondite para la mente. Es un cuento que lea esto, le cuento. ¿Y yo? Ya ni cuento cuántos cuentos he leído.